Fábula sobre Las Criadas de Jean Genet

Fábula de creación colectiva por: Indiana Brito, Ambar Castillo, Judith Rodríguez, Olivia Guerrero y Robert Alexander Basado en la obra de teatro Las Críadas del fránces Jean Genet. Escrito Martes 16 de marzo 2004.


Hijas de la rebeldía
Vírgenes de Genet

De espaldas a la tumba de La Señora, Clara y Solange pretenden jugar a cada paso. Corren para esconderse detrás de las lápidas de su cementerio, bosque de flores. El silencio de la noche es quebrado por voces. Sonidos de animales que quiebran la voluntad de huir. Un quejido, alguna perra-loba que pregunta:
-¿Eres tú Clara?

-Solange, soy yo --confiesa la Señora, resucitada como virgen en el cuerpo transparente de Clara. Antes profanado por demonios, ahora golpeado una y otra vez por Las criadas, protervas delincuentes que le huyen a la cárcel. Son niñas protegidas por esta virgen madre con aliento a tierra y boca llena de fango. Era ella el verdugo, la culpable de las desdichas que inundaban la buhardilla. Su pasado, el rojo que dilata sus pupilas las extiende hasta la casa, enorme, con sus fríos, largos y metálicos pasillos donde habitaban las tres. Más que invadir, era jugar, pisotear y escupir lo que definía sus vidas, con esa violencia feroz de tigresas que se odian-aman entre si.

El empujar sus cuerpos por las escaleras, caer desde el otro piso sobre la señora para así arrancarle los ojos. Aprisionar el aliento con los clóset, estar bajo la sombra permanente de una Dueña-Verduga.
Fugaces accesos de locura terminan en el abofeteo de La señora de turno. Una mano que se levanta, una cabeza que cae, golpeada, violentada, violada, enloquecida. Estos eran los movimientos previos al ritual, anunciado por el llanto de tacones altos y puntiagudos.

–Solange ya casi llega tu momento de ceder el papel, sabes que no escupiré más tu calzado para limpiarlo. –dice Clara, anegada en los últimos minutos de la ceremonia.

Solange, la no-poseída, destellada, lúcida, baila con sus vestidos. Los que por herencia maldita le pertenecen: El azul, predilecto para prescribir, el verde sólo se viste para obligar a Clara a limpiar, el blanco que siempre toma vida transitando los pasillos, aquellos sortilegios de laberintos, en busca de sus flores, en busca del llanto, grito; en definitiva magullar las paredes con el nombre de La señora, quien esconde en su garganta una voz de ave, filosa como navaja, que no cesa de escupir maldiciones al nombre de Clara.

Solange se dilapida pisoteando diminutos cristales rotos, jugando a ser culebra, que salta a convertirse en espejo de Señora. Ella, la poseída, con sus venas ahuecadas, cansada de tragar el polvo que inunda la boca de amargo sabor. Se ve volar, ve su cuerpo y el de todos: que estigmatizan una enorme pintura: Mural de selva, donde la señora se convierte en una madre culebra, que aprieta a sus niñas desnudas.
Las aruña con sus dientes, hasta que sus cuerpos ya amoratados e inconscientes caen como Ángeles en embestida contra Dios.

Ya todos en el piso, se palpan en avalancha de rebeldía: Las manos que aprietan pescuezos, Los dientes de metal, Los Ángeles traicioneros y Las criadas. Se manosean unos a otros con la intención de descargar se furia contra la Señora-Dios.

Por la presión aplicada a sus cuerpos, sus piernas y alas están deformadas en idioma de signos sin sentido.
Un martes, otra vez el atardecer, el Sol cobarde que le huye a los crímenes, esta vez se había embriagado antes de lo esperado. La luna, la peor de las proxenetas, hoy prometía mucho a la desgracia. Un día más se quedaran parapetadas en la semipenumbra de un bosque de arañas. La señora, no conjetura con una Diana como enredo, pues el peligro la embellece. Ella ordena ser bañada, Las criadas no le huyen a la tarea:

- Mi bata blanca. -dice Solange.
- La bata de la señora querrás decir. –responde Clara.
– No, para el final de la noche viajaré entre los árboles, entre la maraña de tu pelo armaré una conversación con alacranes. Terminaré jugando con ellos en mi pecho de marfil.

Jugar, pensaba Clara o la señora, quien sea, desde el fondo de la bañera, sumergida por la violenta mano de Solange. Jugar musitaba La Señora con cinco SEGUNDOS de aire en los pulmones. Observa desde el abismo, aquella suerte de mar que todo lo liquida, allá, en la superficie estaban sus dos niñas convertidas en gigantes. Ella abandonando el cuerpo de mujer se convierte en Sirena.

Las criadas, los ángeles, las manos ahorcadoras y los dientes de METAL, todos, arrastraron el cuerpo de La Señora hasta el mural, dejando una estela de agua y sangre en los pasillos. Con el cuerpo inútil dieron la última pincelada.

- ¿Qué haces Solange? - le pregunta un ángel.
- Mato las palabras. ¿No lo ves?
- Es tu hermana que posee la máscara de muerte.
-¿Y tú, quién eres?
-Soy tu Señora-dios.

Sí, has muerto Clara, hoy clavaré en mi frente tus ojos. Humedeceré tus labios con mis lágrimas, con ellas formaré un estanque en tu boca, muestra de mi amor-odio por ti. Seré llevada delante de tu cuerpo; con la voz quebrada por tus uñas cantaré: “He matado a mi hermana, / he muerto yo en el intento.”

Tú, virgen de lágrimas, reina de sendas, la poseída princesa de formas. En tu despedida mi mundo se tiznará de melancolía y morderé tu corazón con mis dedos.

Comentarios

  1. "...La luna, la peor de las proxenetas, hoy prometía mucho a la desgracia..."

    Son párrafos como estos los que tejen un sortilegio de atracción entre mis ojos y este espacio virtual de historias y opiniones.

    EXCELENTE, valió la pena la espera hasta otro post.

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  4. No te creas Ana Patricia, aquí sí existe la libertad, es sólo que yo decido cuándo. ;)

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