La Memoria de mi Hermana

Las dos niñas

Queridísima Lissette:

Sabes perfectamente la opinión que sostengo sobre las mujeres y la memoria, siendo más especifico: sobre tu memoria. Hemos caído varias veces en discusiones solamente por establecer la versión de un suceso, por imponer nuestra historia.

Casi no te escribo, desde que me diste tu e-mail te he enviado tres o cuatro documentos: Una dieta, Fotos de los perritos, Saludos, Cómo estás… Esta vez utilizaré tu correo para un mejor propósito, te contaré aquí las cosas que sé no recuerdas y estableceré la crónica exacta de los sucesos.

La intención de ser madre te hace ligera la culpa de ser amnésica. Regresas lúcida a caminar por los pasillos de tu casa. Tu esposo te ven crecer cada día bajo el sol. El cristal de tu signo recupera brillo cada segundo entre los brazos de tus hijos. !Eres madre! Poco a poco vas a remplazar nuestros recuerdos de infancia por los rostros y ocurrencias de esos angelitos que hoy tengo la suerte de ser su tío.

Las reuniones familiares tienen un fin, convocar allí los cuentos que todos deseamos olvidar. Hablarás de mí, narrarías los sucesos más embarazosos de mi niñez. Pero algunas escenas no tocarás. Talvez no hablarías de las dos niñas que se nos acercaron en la playa el segundo día de nuestras vacaciones en Juan Dolio.

Llegaron arrastrando madrugadas a preguntarnos si sabíamos la hora. No entendimos para qué una niña querría saberlo; a esa edad el tiempo no importa. Se libraron del cuento cuando nos propusieron acompañarnos, rodearon tu silla de playa y antes de responderles ya la confianza entraba por sus manos acariciando tu pelo y confesándote lo bello que era, claro que no le creías el allante; esa mañana me habías comentado lo mucho que necesitabas ir al salón. Pero ellas estaban determinadas a ganarse tu buena voluntad, a imperar en tu ánimo para verte así quebrando tu moral.

Las niñas no parecían hermanas; una tenía el pelo rubio, más bien desteñido por el sol, la otra era un carboncito que se había escapado de un fogón cuando más ardían las llamas, porque el fuego aún vivía en su cintura. La más grande –la rubita- tenía en los labios una sutil deformación, sólo cuando habló notamos su defecto. Lo notamos más cuando te confundieron con una extranjera y la niña de labios juguetones balbuceo algunas palabras en un inglés sucio y de consonantes arrastradas. La segunda acercó sus perfectos labios a tus oídos: te dijo algo, abriste la boca y tus ojos se agrandaron, perdiendo la proporcionalidad en tu rostro, ya no eran tus ojos, era la mirada de sorpresa más cómica que he visto. Mientras la escuchabas movías despacio la cabeza, escuchabas algo y lo rechazabas. Cuando ella unió sus manos y señaló a su compañera, tu cabeza recuperó agilidad y murmuraste: no, no, no. Mirándome luego gritaste ¡no! Las niñas se alejaron tomadas del brazo, tu exclamación no las asustó. Creo que una sonreía por tu reacción, ¿o sonreía yo? La Segunda cojeaba, aunque sus pies parecían sanos.

Elegiste llegar a la casa para enterarnos aquello que las niñas pretendían, sentados en la sala, estábamos a la espera de tu versión, yo había introducido el tema con la mía, la adorné con los instantes más salerosos, tú, demasiado avergonzada, narraste los últimos momentos:

--La niña acercó su rostro al mío y apartando el pelo que separaba mis orejas de su boca dijo:

“Sé hacer trenzas, lo aprendí hace poco, mi hermana también. Pero tienes el cabello muy bonito, así está bien. ¿Deseas que hagamos trenzas? Con las piernas, me refiero.”

Comentarios

  1. lo bueno seria que aqui se postee la respuesta a esta carta...

    el perro
    http://vidadeperros.blogspot.com

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  2. Yo no sé Buen Perro, si ella me responderá

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  3. Hola Relikia paso a saludarte, tngo mucho que no se nada de ti. Yo tambien espero respuesta, aunque tendre que leer el relato otra vez, me quedé perdida!

    Un beso

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  4. La luna de tus ojos: Gracias por leerme. Me alegra un poco qué no lo entendieras, eso significa que no está tan mal escrito como pensé.

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