EL TEATRO COMO OFICIO

Robert Alexander

Apenas faltan dos días, el Festil avanza, un alud de entusiasmo transita los pasillos de nuestra escuela. Cada estudiante se entrega, hace y repite hasta el cansancio su partitura de acciones dentro de las obras que participan en esta fiesta teatral. El público está advertido, la sociedad debe hacer efectivo su compromiso con los jóvenes creadores de nuestro país.

Siempre he recordado la frase “hacer teatro es un pacto con el dolor” y no hay verdad más absoluta que esta. El quehacer teatral no es un lujo, no es algo que se exhibe como un logro personal, estudiar y hacer teatro es un pacto irremediable con el sufrimiento, el artista de teatro percibe el mundo de una forma cruel, sabe que hay toda una aspereza de informaciones distorsionadas que intentan arroparnos.

El teatrista posee un cargamento de pesadillas, batalla cada día con el pesimismo de amigos y familiares, de tener que ensayar en horarios que otros descansan y duermen. El oficio del teatrista exige una entrega absoluta, de ahí que pocas personas se inclinan a esta carrera y muy pocas llegan a concluir el tiempo académico. Nosotros no deseamos ser médicos, ingenieros, oficinista o comerciantes que hacen teatro, nuestro deseo es asumir el teatro como oficio, como forma de vida. Nuestro compromiso con él no es negociable, sería imposible aplastar esta violencia que todos al hablar y hacer teatro llevamos dentro, es una violencia monstruosa, pero puedo asegurarles que es una violencia que nos da vida.

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