El niño


--Mami, llévame al teatro.

Había dicho el niño el día de su cumpleaños, pensó por un momento en que podía ser actor. La mamá lo miró e hizo un gesto que sólo se puede describir diciendo ¡Jum!

A ella no le agradaba mucho la idea de sentarse a ver obras de teatro, sean infantiles o no, ella sabía que la gente de teatro, sobre todo los de bellas artes, tenían cierta costumbre a quebrar el brazo antes de pasarse la mano por la cabeza, o lo que es igual: a partirse como muñequitos de cerámica que caen de una vitrina coja.

El niño pensó en repetir la idea de ir a ver a Paula Dysla en la última aventura de Maria después de los Moñitos, pero la mamá salió de la sala dejando un número grande, un 6 azul, encima de un bizcocho de dos libras. El niño sintió que dijo algo malo. Pensó otra vez y dijo para sí mismo:

--Diantre, debí decir que el acuario.

La mamá iba a regalarse una paseo al día siguiente de su cumpleaños. Pero la idea de acuario lo abandonó de inmediato, ya había ido como cinco veces y sentía cansancio de imaginarse una vez más con la cabecita hacia arriba recorriendo el túnel de los tiburones que en el anuncio de TV parecía más largo. No le emocionaba la idea de sentarse otra vez a manosear al aburrido y baboso manatí Tamaury. Entonces pensó en otro lugar, algo que a su mami de seguro le iba a gustar; había visto un anuncio en TV después del conejito de Colgate y antes de que empezara la novela Pantanal.

"El Ballet Clásico Nacional presenta: Almas En Movimiento"

Vio a un hombre saltando sobre otros hombres, mujeres que se paraban en un solo dedo. ¡Era eso! Se imaginaba a sí mismo suspendido, siendo un bailarín; aunque no sabía que así se llamaban.

--Mami, mami. -dijo, encontrandola en la cocina-, --quiero ir al ballet.

La mamá dejó caer un paquete de platos foam que llevaba a la sala y se inclinó para acariciarle la cara a su hijo.

--Mi niño, ¿qué te pasa?

Él la miró entendiendo que había dicho otra cosa mala y dijo

--Ta´ bién mami, mejor vamo pal acuario.

La mamá sonrió, lo besó, le acarició el pelo y recogió los platos, todo al mismo tiempo, mientras en la sala alguien abría la puerta para recibir a los vecinitos.

Al otro día, el niño se encontraba haciendo fila en el acuario, su mamá le apretaba una mano. Con la otra él sostenía un skimice de naranja y veía desde la puerta una pecera enorme, donde habían muchos caballitos de mar y tiburones, pensó en nadar; imaginó la libertad de los peces. Le haló el brazo a su mamá con un gesto de que algo nuevo había descubierto y le dijo.

--¡Guao mami! Ya sé que me gustaría ser: un pececito que baila y actúa.

La mamá lo miró y como si acabara de resignarse a lo inevitable, dijo en un suspiro

--Mañana lo inscribo en teatro.


Comentarios

  1. wow grandioso,lamentablemente es la realidad de nuestros pueblos la gente no coincibe de manera seria el arte, y muchos menos si a un varon que se le ocurre.

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  2. QUE COOL ROBERT, EXCELENTE IDEA LUCHAR POR LO QUE QUIERES.

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  3. Robert me encanto el cuento.. me imaginaba todo en mi cabeza... muy buena historia... es jenn

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